El café, su mística y algunas ideas

02.10.2020
Con Gaby Calleja de Import Coffee
Con Gaby Calleja de Import Coffee

Cuando enfrento una taza de café siento un reconforte. Una mística curiosa se activa. Si está bien hecho, en las proporciones correctas, sin quemar el agua, sin aguarlo ni dejarlo demasiado tiempo al pasar por el filtro (si es la variedad filtrada), el efecto será aún mayor. Es por eso que normalmente me preocupo por dar bien las instrucciones a quien me tomará el pedido por primera vez. Si es una cafetería en la que soy habitué tengo un problema menos ya que conocen el 'café latte' que prefiero tomar.

Si es jarrito de vidrio, taza de cerámica, chica o grande todo eso influye al momento del disfrute. Pero hay un objetivo por detrás, oculto para la casa de café, y es que esa infusión me tiene que energizar, poner optimista, y sobre todas las cosas me tiene que despertar la velocidad de mis ideas para escribir cosas brillantes o al menos aceptables. Al momento de escribir estas líneas no tomé café ni té, así que estoy en desventaja. Es mayor el esfuerzo que pongo al servicio de la mente, para que las palabras fluyan con el aditivo de que estoy fuera de mi horario habitual. Son las 20:15 y no es mi hora de escritura. Pero que importa, el recuerdo del café de esta mañana me pone en la línea de largada, y rápido al pulsar las teclas.

¿Es todo esto una especie de ritual? Considero que . De todas maneras no siempre da resultado. Y siempre hay excepciones como la de esta noche. Felices las cafeterías que en mi afán del ritual gasto buenas cantidades de dinero por mes en tostadas o medialunas pero siempre acompañadas por un rico café.

Quien muchas veces se queja es mi sistema digestivo. Aunque nunca tomo más de un café por día, en la sucesión de días, mi estómago a veces me frena y me impone una pausa de 48 hs. El vaso de vidrio o la taza casera que albergan al agua o la leche felices. Y mi adrenalina en baja. Poca dosis de cafeína, un estado de recuperación. Es más un método de cábala que otra cosa, pero espero el fin de las 48 hs para empezar el ritual nuevamente.

Esta cuarentena me aguó la fiesta. Estuve ausente de las cafeterías por mucho tiempo, y no me siento cómodo en una vereda con mi IPAD o mi notebook. Así es que descubrí que el ser humano es un sobreviviente. Una 'especie' preparada perfectamente para enfrentar la adversidad. La mía, tonta, carente de valor, pero adversidad al fin. La pandemia me dejó sin ambiente de escritura, sin mesas en las cafeterías. Sin mi notebook, la máquina de escribir del escritor de antaño. Frente a la adversidad me reinventé. Ahora escribo en mi domicilio, a metros de mi esposa y escuchando a mi hijo conectado a un 'Zoom escolar'. Pero me sobrepongo como en este momento, y despliego las palabras como los sonidos salidos de un violín 'Stradivarius' o un piano 'Steinway'. Palabras con sentido, con gran peso ontológico, con un dejo de frases catárticas, que me dejan relajado como una hora de ejercicio intenso a través de un 'meet' del celular.

No necesito los grupos de whatsapp, ni chequear mi cuenta de Instagram. Este momento es sagrado. Soy yo, mi notebook (la recuperé unas horas), y el ruido que ejercen en mi interior estas palabras que luchan por salir. Escribo como un 'data entry' aunque nunca hice un curso de mecanografía. Como decía mi hermano al ver una película del francés 'Pierre Richard'; que el francés le brotaba naturalmente al inspirarse en el actor. Yo estaré pensando en Sábato, en su pensamiento fuerte y dislocado. En el peso de sus palabras. Pero es alguien más que se adueña de mí. El escritor que estuvo oculto, o quizás camuflado. Triste, esperando su turno. Sintiéndose un extra en la película que nunca interpretaba, y que de repente lo tomó por sorpresa y lo puso como actor protagónico. Un protagonismo que no quiere dejar ni un minuto. Aunque se acabe el café, aunque pierda mi espacio de escritura. Aunque la pandemia nos aletargue, nos cruce de brazos o nos haga reflexionar. Ni las malas noticias económicas, ni el informe de muertos récord del día me van a hacer claudicar. Quizás todo esto sea el combustible necesario de expresión, y como no sé pintar los girasoles de Van Gogh, ni relatar el Náufrago de García Márquez termino parafraseando a Marcos Tornatore, mi amigo imaginario en la saga de su mundo contradictorio y vuelos peligrosos quien se transforma aunque no lo quiera en mi mejor amigo.

Doy vuelta la página de estas hojas virtuales y de repente una palabra me sorprende.
F I N

Christian Carollo

@elpilotoqueescribe

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